Entre el monte y la ciudad
Quietud y encierro
En 2020 vivíamos en Medellín cuando inició el encierro del COVID. La ciudad entró en una profunda quietud y los animales descendieron de la montaña. Observamos maravillados cómo llegaban hasta nuestro edificio pavas, zarigüeyas y zorro-perros. En algún momento soñamos con la posibilidad de un proceso de “re-wilding”, pero desde la seguridad del balcón.
No estábamos regresando a la naturaleza; la naturaleza estaba regresando a nosotros.
Vulnerables en la montaña
Un par de años después construimos la reserva Yátaro y nos fuimos de Medellín para Choachí. Hubo momentos en que nos sentimos vulnerables y extraños. Estábamos lejos de la civilización y rodeados por potreros y ‘monte’; sin los muros, las calles pavimentadas y la comodidad de lo conocido.
Fue en ese momento que entendimos algo fundamental: alejarnos de la ciudad no era el paseo idílico del que muchos hablan. Requería una reconfiguración interna.
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El turista constante
Luego de varios años en la reserva nos fuimos adaptando al clima, al sonido constante de la quebrada, a la humedad y oscuridad del invierno y el sol intenso del verano. Pero igual continuamos moviéndonos entre la ciudad (esta vez Bogotá) y la montaña, viviendo como turistas de nuestras propias vidas: entre aquí y allá, extrañando el lugar del que partimos y adaptándonos al que volvemos todas las semanas.
La adaptación fue un proceso dual. Cada vez que regresábamos a la ciudad necesitábamos reconfigurarnos mentalmente. Poco a poco la sensación de extrañeza se fue colando también a la ciudad. El ruido del tráfico nos aturdía, el aire contaminado nos lastimaba la garganta y los parques que cruzábamos parecían más ejercicios de geometría euclidiana que aproximaciones auténticas a un bosque.
La ciudad artificial
Lo que fuimos reconociendo en este ir y venir es que la ciudad crea una capa adicional que restringe y transforma el orden natural. Las quebradas son canalizadas por lechos de concreto, los árboles son restringidos a rectángulos perfectos rodeados por asfalto, el prado es cortado al ras, el agua potable llega a nuestras casas por tubos invisibles, la electricidad es un servicio básico sin el cuál no podríamos sobrevivir.
Es fácil no ser consciente de los mecanismos complejos que hacen viable a una ciudad y, sin embargo, millones de personas asumen esto como el orden de las cosas, de la vida. La desnaturalización no es simplemente alejarse de la naturaleza, es entrar en un sistema donde ésta ha sido domesticada hasta convertirse en algo reconocible e inofensivo.
Domesticación recíproca
Irónicamente la vida tiene la capacidad de adaptarse a las condiciones hostiles de la ciudad. Las ratas encuentran refugio en la oscuridad de las alcantarillas; las cucarachas y perros callejeros se alimentan de las basuras en la calle; plántulas de cauchos, alcaparros y chilcos germinan entre las grietas de los andenes; colibríes hacen sus nidos en urapanes.
Estas adaptaciones son muchas veces señales de decadencia para quienes habitan la ciudad, amenazas a su orden artificial. La urbe se convirtió en el epítome de la domesticación de la naturaleza, pero en un giro irónico ella también ha domesticado al humano.
Nos hemos desconectado de lo silvestre en nosotros. Hemos domesticado lo ‘salvaje’ para que nos sea agradable y cómodo. Los arbustos no se podan a la perfección para enaltecer su belleza sino por el temor a lo que esas plantas podrían llegar a ser. La naturaleza real causa miedo y extrañeza, así que la encapsulamos y la protegemos de nosotros mismos: asepsia extrema, árboles amaestrados, insecticida para los bichos inofensivos.
Enmontando el cerebro
Podría pensarse que estas palabras son una crítica a la civilización, pero nada más errado. Vivir en la montaña nos ha permitido valorar todas esas pequeñas comodidades que dábamos por sentado, pero que al final de cuentas, siguen siendo artificiales. No se debe perder de vista la ciudad como lo que realmente es: un sistema frágil y dependiente que no podría sobrevivir sin la naturaleza de la cual extrae agua, comida, electricidad, material de construcción, combustible…
Es clave ser consciente de que cada hábito, cada respuesta automática es un cableado neuronal que se refuerza con el tiempo. El cerebro humano está diseñado para crear atajos eficientes desde que somos muy pequeños. En la adultez, cambiar radicalmente de ambiente significa obligar al organismo a romper los patrones que lo mantienen vivo.
La reconfiguración
Queremos la ciudad como un espacio que no le de la espalda a la biodiversidad. Donde los parques sean más que ejercicios geométricos, donde el ruido no opaque los sonidos de las aves, donde el agua de las quebradas sea tan potable como la que brota mágicamente de los grifos.
El verdadero desafío no es “volver a la naturaleza”, es aprender a ver la ciudad como lo que realmente es: un sistema artificial (?) que depende de lo natural para existir, y que nos ha domesticado tanto que ya no reconocemos lo silvestre como vida, sino como amenaza.
Necesitamos una reconfiguración física y cognitiva. Porque hasta que dejemos de ver el mundo como algo que hemos diseñado para nosotros, seguiremos viviendo en dos mundos: uno donde somos dueños de un falso control, y otro, donde somos los huéspedes malcriados de un orden que lleva millones de años adaptándose y equilibrándose.